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Reportaje
Mali. La mano de Fátima
Miércoles, 2 de Septiembre de 2009
 

David Pérez Wiesner y sus amigos decidieron ir a escalar a Mali, a la Mano de Fátima. Pero también decidieron que la escalada es parte de la vida, y que centrarse sólo en ella nos impide ver su relación con el mundo. Así que abandonaron el camino fácil y recorrieron en coche más de 6000 kilómetros hasta allí, en un accidentado viaje en el que no faltaron los momentos difíciles, pero también los encuentros inesperados con viejos amigos. Como dijo hace unos años una de estas personas con cuyo espíritu se reencontraron en el camino:

 

“Decir que he sido feliz en este viaje no sería exacto, ha habido buenos ratos y otros muy duros y, la persona que caminaba, era la misma en Estados Unidos, Perú, o Pamplona. Simplemente, durante siete meses he tenido la satisfacción de elegir mis pasos, de vivir como quiero vivir, que me interesa mucho más que ser feliz.”

Un continente diferente, África. Un viaje, 6.000 km. Un sueño, llegar por tierra. Una ilusión, La Mano de Fátima. Una cumbre, el Kaga Tondo. Un país, Malí. ¿Cómo describir una escalada, cuando por muy interesante que sea la vía se quedó en nuestras cabezas casi en anécdota? Anécdota porque volvimos con el pensamiento perdido en el Sahel y con parte del corazón robado por una tierra inhóspita cuyas gentes la llenan de colorido y vida. Salimos un buen día de Granada dirección África montados en un coche de segunda mano recién comprado y una moto de esas preparadas para grandes viajes. Cruzamos el estrecho y emprendimos a toda velocidad un viaje no esperado. ¿Cómo íbamos a pasar tan rápido por aquellas tierras? La euforia por escalar era gigante, las fuerzas enormes, el sueño de llegar por tierra a Malí y escalar en la “Mano de Fátima” estaba comenzando.

Nos costó cruzar Marruecos. Varias averías y sus consiguientes chapuzas de un mismo alternador entre Marrakech y Tiznit, nos hizo ver que no se trataba de un viaje cualquiera de escalada. Pobres ingenuos europeos... a tan solo 50km de Marrakech conduciendo de noche se apagaron todas las luces del coche y nos quedamos en la cuneta tirados. Se agolparon en nuestras cabezas todas esas frases que amigos y familiares nos dijeron en algún momento: “¿En un coche de 20 años?, ¿estáis locos? ¿en África?...”. Diez de la mañana en Tiznit y nos mirábamos con cara de órdago, o todo o nada, el alternador de nuestro coche estaba totalmente desmontado sobre el mostrador de un electricista mecánico. La realidad de un viaje no exento de dificultades empezaba a hacerse patente en nuestros pensamientos.

Era la tercera vez que el alternador se encontraba desmontado, la última chapuza nos trajo hasta Tiznit. Lo teníamos claro, este hombre tenía en sus manos que continuáramos o no. Cara de circunstancia, un té, otro té… Una operación quirúrgica de 5 horas soldando, uniendo, ensamblando, probando… dio resultado: ¡¡aquello funcionó!!. Seguimos rumbo al sur. El objetivo, aunque en distancia se hacía más cercano, emocionalmente parecía que se alejaba. Estábamos ya llegando a las inmediaciones del Sahara Occidental, antigua colonia española, territorio saharaui, hoy Marruecos, cuando en Tarfaya, el punto más cercano de la costa con las Islas Canarias, de nuevo averías; esta vez le tocó a la moto: se rompió en plena noche el rodamiento delantero. La cara de nuestro amigo lo decía todo: frustración, “seguid sin mí”, sueños derrumbados que en tan sólo dos horas un mecánico de motocicletas arregló más con el ingenio que con la tecnología. Un alto en el camino. Agradecidos y sorprendidos, al día siguiente era Nochebuena y nosotros a las puertas del Sahara caímos sucumbidos tras una excelente hospitalidad y un magnífico whisky marroquí.

Se despierta Tarfaya, con la calle principal asfaltada, el resto de arena y las casas a medio construir, el ritmo del rey de Jamaica suena en la casa vecina y nos recuerda que nuestro destino es esa África negra defendida por el reggae. Tras tantos contratiempos mecánicos, las incertidumbres se centraban en la carretera interminable que cruza Mauritania de oeste a este bordeando el Sahara. Cualquier avería en este tramo podría suponer un abandono o… solo Mama África y su gente lo sabrían. Rectas interminables con desierto a un lado y el Atlántico a otro nos situaron en la frontera del Sahara Occidental. Tras papeleos varios para salir de Marruecos, nos encontramos en una franja de terreno lejos de toda autoridad, 3km entre los dos puestos fronterizos que parecían el escenario de una huída, un éxodo, una guerra… Antigua zona minada, llena de coches abandonados, el nuestro conducido por europeos desconocedores de la realidad allí vivida cada día, casi pasa a formar parte de aquello. Pasando con cuidado entre dunas y esqueletos de coches llegamos al puesto fronterizo de Mauritania. Una completa desconocida, desierto y sol, arena y viento, se presentaba así la parte más delicada del viaje. Sin embargo fue un suspiro.

En los años setenta se construyó la ruta de la Esperanza, carretera en perfecto estado que une el este del país con la capital Nouakchott. Te sitúa en Malí en dos días. Aunque el panorama pueda parecer desalentador por la falta de verde y la cantidad de animales muertos por atropello a ambos lados de la carretera, allí se asientan antiguos pueblos nómadas dedicados a la ganadería mostrando una forma de vida frágil pero muy bien adaptada a las condiciones hostiles del medio. Pozos de agua entre dunas les permiten seguir el día a día. Sin más contratiempos que el de tener que vaciar la moto de gasóleo por el desconocimiento de aquel, nos situamos en la frontera de Malí, la última de nuestra ruta.

Los Baobab, emblema de la vegetación del Sahel, nos dieron la bienvenida al África negra. Todo cambió: de repente, nos llamaban “blancos”; ellos eran “negros”. “Le caddo, le caddo” decían todos los niños, el Bambara, los colores de sus ropas, sus sonrisas blancas, su continuo golpeteo moliendo el mijo, los niños con bidones camino a los pozos, los pozos… imágenes que se arremolinaban en nuestro cerebro intentando ser asimiladas. Todo pasaba muy rápido y a la vez muy despacio, demasiada información cómo para digerirla en un solo viaje. La contaminación de Bamako nos largó rápidamente y con la necesidad de descansar y rodearnos de roca llegamos por fin a nuestro objetivo: las montañas de Hombori, La Mano de Fátima, la aldea de Dari, la calma del Sahel, las acacias… Nos encontramos por fin ante aquellas paredes. Era de noche, la noche de fin de año y caímos agotados, tras muchos días de viaje, dormidos abrazados a aquella silueta mágica salida de un cuento, silueta que en las noches de luna parece pintada por un niño.

Un calor infernal nos dio los buenos días y nos pareció imposible escalar allí. Una hora de caminata suponía un litro de agua, estaba claro: igual que en cualquier parte del mundo, la aclimatación era necesaria. Nos iniciamos con escaladas buscando la sombra y poco a poco nos fuimos aclimatando, y también la temperatura fue bajando. Conseguimos hacer cumbre en el Suri Tondo, el Wamderdou, el Wamgel Debridou. Algunos pasaron noche en el Wanderdou mientras en el campamento hubo alguna vomitera, un ir y venir a la letrina, alguna fiebre que nos intentó asustar… hasta que pasó lo que podía pasar en cualquier día de escalada aquí ó allí pero que nunca nos había tocado: un accidente.

Bajando de una vía en el Suri Tondo, ya en el destrepe, se fue una maldita laja y con ella voló unos metros una amiga. En Europa nada grave, en Malí… los dos tobillos fisurados, el coxis roto y una herida que asustaba, 5 horas para recorrer lo que se hace en 45 minutos, una camilla silla improvisada, la ayuda magnífica de dos nativos y el cúmulo de coincidencias estelares que trajo hasta aquí a escalar a una cordada catalana uno de cuyos miembros era enfermero. Así que se improvisó una sala de urgencias en plena noche sobre una de las mesas del campamento y se le hicieron esos primeros auxilios de los que nos dimos cuenta no teníamos ni idea. Al día siguiente salimos con el coche hecho una ambulancia en busca del hospital más cercano. 5 horas de carretera para llegar a lo que se suponía un hospital y en el que de viernes –día que llegamos- al lunes no hay urgencias. Así que con la siempre ayuda de alguien que se cruza en tú camino, improvisamos en un hotel regentado por unas catalanas, una habitación de hospital, a donde llevamos al señor médico traumatólogo cubano, “no se preocupe mi hermano esto no es nada, ella se pondrá bien”. Volvía aquella noche de dejar al médico en su casa de Mopti, cuando con lágrimas en los ojos y escalofríos por el cuerpo empecé a ser consciente de los riesgos que corremos escalando en un país sin recursos como es éste. La precariedad se me hizo tan real que di las gracias a la estrella que nos acompaña de que no había pasado nada más serio, sólo una lección si queríamos seguir visitando y escalando en países tan distintos al nuestro.

Tras varios días de nerviosismo por el estado de nuestra compañera y por la guerra con los seguros federativos para su repatriación volvimos a juntarnos con el resto del equipo en el campamento, tan sólo quedaba recogerlo todo y volver, pues los días fueron pasando con la tranquilidad de este mundo pero con las prisas del nuestro que nos esperaba para seguir produciendo en nuestros respectivos puestos de trabajo. con la tranquilidad de este mundo pero con las prisas del nuestro que nos esperaba para seguir produciendo en nuestros respectivos puestos de trabajo. Pero decidimos robarle un día al tiempo antes de emprender el regreso a la vida cotidiana, corríamos el riesgo de no poder vender el coche o perder el avión o...

Desde que empezamos a soñar con venir a estas tierras, queríamos subir allá arriba. No queríamos volver sin antes contemplar África desde aquella cumbre sagrada de la Mano de Fátima, el Kaga Tondo. Decidimos subirla por la parte más larga e imponente, a ser posible por una vía que no nos dejara indiferente después de tanto esfuerzo. “La ley del desierto la ley del mar” no tiene repetición conocida, nos comenta el hijo del guía catalán que lleva un par de décadas por allí, cuando debatiéndonos entre si esta vía ó aquella otra, surgió preguntar por casualidad quién la había abierto, “Miriam y Risi”, nos dice… No tengo palabras para expresar lo que me recorrió el cuerpo en aquel momento, pero no nos entraron dudas en convencernos para intentar esa vía. No dejaron croquis de la vía, sólo una línea dibujada en una foto y Miriam un libro de aquellos que te marcan y recuerdas siempre. No sólo era un libro, de entre sus páginas saltaban frases que desde hace años llevo conmigo, frases que me han hecho soñar, entender y ver el mundo con la libertad necesaria para emprender nuevos caminos.

Salió el sol en este día robado al tiempo en la Mano de Fátima y una cordada de dos nos encontrábamos escalando. La humildad nos acompañaba pero no nos impedía soñar con esa cumbre sagrada. Unas fisuras en los primeros tramos antes de la gran terraza nos avisaban de una preciosa escalada. Sumergidos en un mar de roca y tras una travesía en el sexto largo, alcanzamos una sucesión de diedros y fisuras que hicieron que se nos olvidase mirar hacia atrás a un posible abandono para pensar sólo en escalar y seguir aquella bellísima línea. Ante un gran techo que intentamos superar por la derecha nos salimos de la vía. Al ver aquella abundancia de marcas de magnesio y poca fisura intuimos que estábamos en el espolón Norte, (vía bastante repetida), decidiendo entonces volver sobre nuestros pasos para continuar en la magia de aquella línea y superar el techo esta vez por la izquierda.

Estábamos en la vía y la emoción de la escalada de aquella línea prácticamente virgen se apoderó de nosotros de nuevo, nos sentimos como si nos reencontráramos con unos amigos en el camino. En unos largos más alcanzamos la cumbre con un sol inmenso poniéndose al fondo de esta sabana africana. Cumplimos así un sueño, terminamos una vía que no nos esperábamos, una vía que de manera muy lógica, elegante e intuitiva surca la pared, siempre buscando fisuras y diedros fácilmente protegibles. Una obra de arte para el que le guste la escalada clásica en su estilo mas limpio, pues si se respeta como está, sólo encontraremos un clavo y dos puentes de roca en 625 metros de escalada. Sería bello que así quedara.

¿La primera repetición? Es posible, aunque eso importa poco después de todas las emociones vividas. Sólo sé que un día soñamos con ser pájaro y gracias a los pasos de una amiga a la que no conocemos, lo conseguimos. Gracias Miriam por bajarnos una estrella.

Se hizo de noche mientras rapelábamos para bajar de aquella cumbre. Mirábamos con asombro aquella oscuridad que sólo las estrellas eran capaces de guiar, en la planicie, pequeñas hogueras esparcidas aquí y allá eran encendidas por algunos habitantes de esta tierra mientras algunos de ellos se preguntaban por qué dos estrellas caían una vez más del firmamento por aquella cumbre sagrada, una primero, luego la otra, y se unían para seguir cayendo y andar por el sendero en busca de un reposo y de unos amigos que las esperaban con emoción.

Nos despedimos, intercambiamos regalos y abrazos. Fue un hasta pronto porque sabíamos que volveríamos a vernos. Pero no sabíamos que tan pronto. No habíamos recorrido 5 kilómetros cuando reventamos el cárter contra una piedra… Ya no había días que robarle al tiempo, ya íbamos con el tiempo europeo y ya era tarde. El coche sangraba todo el aceite por un agujerito y estábamos en medio de la nada, roca, acacias y arena. Ya todo nos preocupaba poco, abandonarlo, repararlo… Volvimos remolcados al campamento, saltaron las caras de asombro primero y las risas después de vernos de nuevo. Como en África todo es posible y algunos eso lo habían aprendido bien, se pusieron manos a la obra ante la incredulidad del resto. En tres horas, con el cárter reparado y lleno de aceite, estábamos camino de Bamako. Esta vez para volver a casa cogimos la máquina del tiempo y en un día y medio estábamos cerrando los ojos en Granada intentando seguir soñando con estar por allí lejos y no despertar jamás. África se quedó con un pedacito de nuestros corazones, nos dejó pensativos y asombrados de tanta abundancia innecesaria que hacemos imprescindible en nuestro mundo. Nos enseñó que los problemas son todo lo grande que uno quiera verlos. Malí nos mostró una sonrisa sincera como nunca antes habíamos visto y unas gentes que viven al ritmo de la Tierra llenándolo todo de colorido. Gracias África.



Información práctica

País: Malí

Localización: Mano de Fátima, región de Hombori, en la carretera que une Mopti con Gao.

Viaje: Por carretera 6.560 km, por carreteras en general en buen estado. Preferible coches con gasóleo y tener localizadas los puntos para repostar. En avión, air Marocco realiza la ruta Madrid, Casa Blanca, Bamako. Desde Bamako calcular dos días de en transporte público hasta la Mano de Fátima. Existe la opción de vuelos charter París Mopti ó Marsella Gao con point-afrique, con lo que ahorramos un día de transporte por tierra.

Punto de apoyo: Aldea de Daari, campamento “Bongujje”, Chez Manya, bongujje@yahoo.fr. Se puede dormir en las chozas, recomendado, ó se puede montar tienda. Hay toda la información sobre las vías en el campamento.

Escalada: la roca es arenisca bastante compacta. En su mayoría vías de corte clásico, también hay para escalar vías deportivas y por supuesto en la región un gran número de paredes en las que se pueden abrir vías. Varía la altitud de las paredes desde los 100m a los 600m de altitud. Si se quiere disfrutar, recomendable ir preparado para un terreno de aventura, recordar que estamos en Malí lejos de toda civilización y que un accidente aquí te tienes que valer por ti mismo y tus compañeros. Mejor no caerse.

Otros datos: Hospital más cercano en Mopti, unas 5 horas en coche ó 4 x 4, un día en transporte público. En caso de accidente desde hace años hay algunos médicos cubanos en misión de cooperación en Malí, preguntar por ellos mejor. En Mopti hay un hotel, uno de los mejores del país, que lo llevan dos catalanas que os pueden echar una mano en localizar a los cubanos y de todas formas pasar a probar la brocheta de Capitán, el pez más famoso del Níger, (hotel Ambedjele).





Datos técnicos de la vía


"La ley del desierto la ley del mar"

Localización: Kaga Tondo, Mano de Fátima, Mali.

Apertura: 1.990 por Miriam y Risi.

Longitud: 625m, 15 largos.

Grado: 6b, (obligado 6b)

Material: 1 juego de fisureros, 1 juego de microfriends, 1 juego bien surtido de friends hasta el número 4 de cammalot, (repetidos los nº 1,2,3), cintas y cordinos para puentes de roca.

Descripción: vía totalmente desequipada, un clavo a 40m del suelo antes de superar los primeros resaltes nos indica que estamos por el buen camino, primera ó segunda reunión según le hallamos entrado a la vía por la cueva y chimenea de la izquierda ó por el diedro fisura de la derecha. Se llega a una gran terraza tras un largo de 60m ó dos según gustos para recorrerla hacia la derecha y alcanzar una línea más o menos evidente con alguna fisura para proteger que nos conduce a una chimenea que sortea unos techos por la izquierda para alcanzar una repisa. El sexto largo hace travesía por esta repisa hacia la derecha cruzando la vía “kroática” y continuando por una segunda repisa muy pequeña hasta el extremo donde se alcanza una fisura diedro bastante vertical y evidente. Se continúa por esta línea de fisuras y diedros durante varios largos, uno lo tiene en común con el espolón norte, para seguir con otros tres también por fisura diedro superando un gran techo por la izquierda llegando debajo del segundo gendarme del espolón norte. Salida a cumbre en tres largos por el espolón.

Descenso: en 7 rápeles bien montados con argolla por la vertiente suroeste.

 
 
 

 





 

 

 

 

 

 

 

 

 
 
 
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